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688 - El acecho delo imposible
La complejidad de lo real nos enfrenta con nuestra incapacidad para comprenderlo y explicarlo, y esto sucede mediante la transgresión de la idea (convencional y arbitraria) que el lector tiene de la realidad, lo que implica una continua reflexión acerca de las concepciones que desarrollamos para explicar y representarnos el mundo

Así, Derrida dejó bien en claro que sus obras no se resolvían en una respuesta o una tesis. Sus lectores lo experimentamos continuamente cuando nos perdemos en esos hilos laberínticos que no acaban de arribar a una conclusión
Justamente, ese sentimiento de perplejidad y vacilación ante la falta de salida es lo que nos propone esta escritura, un nuevo escenario de premisas que no hay que buscar detrás de lo que el discurso occidental dice, sino en lo que supone que significa “decir”, decir y escribir

Uno no se instala nunca en una transgresión ni habita jamás en otra parte. La transgresión implica que el límite está siempre presente

Se trata de marcar y aflojar los límites del sistema, trastornar el edificio en sus propios desajustes. No apelar contra la razón

Por eso decimos que la deconstrucción tiene lugar”; es un acontecimiento que no espera ni la deliberación ni la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad sino que Ello se deconstruye. Todo texto está en deconstrucción más allá de cualquier intención o presunción de clausurar su sentido

El sentido se encuentra siempre diseminado. En todo texto hay un espacio para la posibilidad de disolver la existencia de cualquier sentido único y fijo, y está expuesto a que el sentido se dispare incesantemente más allá de todo lugar que se le haya querido asignar. Del mismo modo se comportan nuestros pensamientos, nuestra lengua, nuestros textos: se deconstruyen, se diseminan, desvarían y circulan

Por eso, todo escrito es una potencia embrionaria infinita de sentidos no utilizados, codificados en ellos y a la espera de su liberación. Esta es la manera en que actúa la deconstrucción - tan nombrada, tan citada y a veces interpretada desde lugares hostiles, develando que cada texto es sensible a la pluralidad de significaciones, y emerge en la deriva de un pensamiento que tiene como hilo conductor a la escritura, y se despliega como una escritura de la escritura, que implica e insiste en “otra” lectura - no sometida a un campo de legibilidad dominado por la impronta del querer/decir de un discurso - una lectura que revele su fondo de ilegibilidad, es decir, las instancias no intencionales inscritas en los sistemas significantes de un discurso que lo configuran como texto, una lectura que perturbe la posibilidad de ser etiquetada como expresión de un sentido,

Las premisas implícitas en los discursos se neutralizan con un gesto destinado a vaciar esa carga de supuestos, de órdenes discursivas establecidas, con la venida de un elemento completamente otro que perturba al sistema que lo hospeda, y supone la irrupción de una dificultad insuperable, una aporía, y que obliga al discurso a diferir de sí mismo y a erigirse más allá. Así el texto se vuelve otro, tras la llegada inesperada e impensable de esta imposibilidad

Esta experiencia de la alteridad absoluta instala el texto en la indecibilidad, en la perplejidad de la irresolución y en medio de una instancia subversiva como pensamiento de la Sospecha que busca desocultar lo que se esconde tras la cultura

Hay una instancia oscura que suele flotar sobre algunos textos - y casi siempre de los autores más amados y respetados - que genera una intensa provocación, quizá necesaria, para que se dé un compromiso total con la lectura. El lector se siente jaqueado, no por eso menos fascinado, aunque se le impida apropiarse del sentido que lo excluye. Se sienten como improvisaciones, lapsus, vibraciones que hacen mover el suelo bajo los pies, gestos que invitan hospedar al otro, estimular su inclusión en el texto

De este modo se evita la comprensión inmediata facilitada por la continuidad y se hace posible la irrupción de un algo no apropiable que pausa la lectura y profundiza la atención

La escritura oculta la exigencia de una excedencia, la de dejar una apertura que significa un lugar vacío para algo absolutamente singular que desafíe a la premeditación, un otro que ni estaría en nuestras expectativas

No puede hablarse de porvenir si no se da una alteridad

Esta oquedad expectante es como una pirueta de la escritura, un pliegue del espacio donde habita con disimulo un algo que se sustrae a la claridad del discurso, a la razón como argumento, un espacio inagotable donde alojar un enigma, un no - saber, una reserva que custodia un sentido que fuga sin fin, un secreto intraducible pero interpretable

Esa excedencia permanecerá siempre secreta y dará lugar a las infinitas intervenciones de quienes serán los desconcertados y a la vez motivados eslabones de esa cadena inacabable que testimonia lo insaturable del sentido, lo indeterminable del contexto

Derrida afirma que un texto no es un campo homogéneo: es un campo de fuerzas heterogéneas que al mismo tiempo que le dan forma, lo quiebran desde dentro obstruyendo cualquier atisbo de homogeneidad: son las “marcas” que denomina la estrategia - la experiencia - de la indecibilidad

Si la inteligibilidad de lo que se escribe fuera absoluta el texto se estancaría en el presente y nada lo proyectaría al porvenir evitando de este modo la generación de nuevos contextos

Ese algo inaccesible, incita como un texto cifrado, da lugar a un lapsus, interrumpe, corta, desvía, podría incluso asociarse con el resto, con la huella: lo inapresable, lo resistente a las explicaciones. Un rastro en vez de una presencia plena, un comienzo en el que nada ha comenzado, la huella quiebra toda consistencia, desordena el orden y deja la sospecha de una otredad que se va dibujando. Es la alteridad cuestionando

Ambos abrirían la obra, impedirían que la totalidad quede inmovilizada. El resto, un excedente, un residuo, lo que no se deja reducir al texto aunque lo habite, un exceso indecible que da qué pensar, un insiliado que podría analogarse con la ininteligibilidad en cuanto a ese lugar que se sustrae a las explicaciones, impide toda apropiación y permite lo abierto e indescifrable Son figuras asimilables a eso otro insospechable, inasegurable, imprevisible

Una zona de incomprensión en la continuidad de lo que se lee altera la respiración, borra el horizonte, crea un desequilibrio enriquecedor entre el texto y el lector, genera una isla donde cabe nuestra perplejidad. Es una interrogación que va creciendo a través del texto y abre un intervalo, una demasía, un desborde que posibilita la novedad, una búsqueda del verbo en cada uno, una palabra viva

El texto es un espacio excesivo, incalculable. Las lecturas que lo atraviesan se enfrentan con instancias de indecibilidad; la grieta entre lector y texto no solo supone que los significados son indeterminados, sino que, lejos de cualquier derivación hacia la clausura de una verdad total, están en perpetua diseminación

Eso que llega, que resulta completamente inconcebible e impensable, una alteridad, un absoluto otro para nuestro espacio de entendimiento, algo que desbarata cualquier certeza y embarga al texto y al lector en una absoluta inquietud,es la inversión del confortable espacio de la mismidad tan conocida y aceptada donde hay un control abstracto y frío sobre lo posible, y donde el entendimiento hace de lo no existente algo calculable. Sería como una lógica textual que anuncia que hay algo que no se puede anunciar ni enunciar: la experiencia de lo imposible, y que Derrida llama la posibilidad de lo imposible.

No es la posibilidad, como podría pensarse, la condición de lo real - la condición para que algo suceda - sino más bien, la imposibilidad, es decir, que haya un espectro amplio de posibilidades otras, de posibilidades imposibles e inasumibles, que puedan realizarse sin ser susceptibles al cálculo - lo que no sería sino el despliegue de un programa, el desarrollo de una única posibilidad ya probada

La condición de posibilidad es una condición de imposibilidad,y solo lo imposible tiene lugar, no es simplemente lo contrario de lo posible porque es absurdo y no puede ocurrir

Entre lo posible, entendido como el conjunto de probabilidades proyectables desde un sistema lógico y lo im-posible, comprendido como el espacio inconcebible de posibilidades que exceden todas las determinaciones de tal sistema lógico, no hay ni una simple contradicción lógica. Lo uno no es lo opuesto a lo otro, sino que lo imposible atraviesa todo el reino de lo posible y lo acecha sin pausa. Lo imposible es lo singular, lo exceptuado, trae la discordia y la inquietud, quiebra cualquier expectativa y cálculo, impide que el sistema se cierre y con su irrupción dicta las urgencias inmediatas y concretas, deconstruye el discurso y obliga a pensarlo de otra manera

Por su resistencia a la simbolización, lo imposible no puede hacerse presente como tal, sino que está siempre por venir, siempre está viniendo y asediando al reino de lo posible, inquietando las coordenadas de cualquier discurso. El acontecimiento es lo que tiene lugar en su singularidad y en su excepcionalidad. Si fuera vaticinable, previsible, no sería acontecimiento imposible sino otra versión de algo que ya es y es comprendiéndose. Eso no conduce la deconstrucción al mutismo, sino al contrario: el lenguaje prolifera, tartamudea y se extiende, abunda, en tropos y recursos

Esta alteridad imposible es la fuente de lo posible, su condición misma de posibilidad, el exceso de indeterminación que resta en todo sistema y que impide su cierre

Oponiéndose a la idea husserliana de volver a las cosas mismas, o sea a la garantía del acceso a la realidad, Derrida afirma que la cosa misma siempre escapa, siempre se sustrae al juego de significantes, al juego de lo real, como si estuviese oculta tras velos, en fuga, sin querer ser hallada, no por ser esquiva sino por ser fugitiva

En su Gramatología, Derrida deja sentado el sentido de la escritura como “metaforicidad en sí misma” y que más tarde se traducirá en la concepción de lo real como un juego de velos que se suceden infinitamente sin que exista el hecho de lo velado

Por tanto,

lo real es en sí mismo ese juego de velos, la red de envíos entre huellas y que, por eso, la cosa misma siempre escaparía – no porque se sustrae al juego, estando fuera de él sino porque la estructura de lo real es el propio escapar, o, el mismo juego de escape

Para apresar lo que realmente se le escapa (una retórica de lo indecible, algo así como una poética de los vacíos) no hace del vacío un silencio hueco, sino todo un lenguaje

La tela que envuelve a la tela. Siglos para deshacer la tela, deconstruyéndola así como un organismo. Regenerando indefinidamente su propio tejido tras la huella cortante…Hay que arreglárselas para pensar eso: que no se trata de bordar, salvo si se considera que saber bordar es saber seguir el hilo dado

Por tanto, deconstruir lo real sería mostrar que la realidad es texto, es textil, es tejida. Se habla del “secreto” de Derrida, pero nunca podría ser comprendido como lo que se oculta. El secreto no es lo escondido, por debajo de los velos, secreto es justamente lo que se secreta, la secreción, lo que desborda, lo que se derrama y que es enigmático en su aparecer. Es lo que Derrida llama “críptico”, no algo a ser develado, sino una inscripción indescifrable, marcada en el tejido, en la lengua, en la piel

Lo imposible en Derrida supone una oportunidad, una apertura. Hay una resistencia, un esfuerzo por emplear conceptos diferidos y señalar que hay algo que se pierde y no se alcanza en el despliegue del texto, que hay una alteridad que perturba el discurso y que el texto no puede apresar

Lo imposible desestabiliza y siempre provoca la liberación de las asfixiantes y restrictivas estructuras del logocentrismo. Es una experiencia que hace temblar tanto al discurso, que queda sumido en la perplejidad, como al lector. Esta indeterminación, esta tensión y vulnerabilidad de la posición es cualidad indisociable de la experiencia de la imposible alteridad


Diciembre 11 de 2024