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657 - La arquitectura de un nosotros
La democracia inunda nuestros discursos pero trae aparejadas ciertas cuestiones que, a pesar de vivir en una democracia, se alejan de definir su esencia, y, la más de las veces la esperanza o la necesidad evitan que podamos mirarla de frente para que pueda revelarnos su propia naturaleza, tan distinta de ese momento en que le confiamos un voto para que todo cambie o para que lo que imaginamos tenga lugar, ya que la democracia siempre estará incompleta, signada por la imposibilidad de una realización final,

Así, la democracia aquí y ahora se puede considerar como un contrapeso de la libertad individual o ¿como un sistema que se diluye en esas libertades?

Tan solo podemos hablar de democracia si se ha de involucrar a la libertad como algo que todos comparten y que sitúa al ser humano en un horizonte de convivencia en el que son comunes todos los deseos, los deberes y los derechos, donde cada uno es apertura a otros, donde ni hay singular posible ni inclusión de uno en el otro porque en uno ya está el otro y así nos hallamos frente a una pluralidad

Por eso la tarea política por excelencia es la arquitectura de un nosotros que haga posible la inscripción finita de lo infinito: hacerse cargo de la abertura y abandonar toda pretensión política fundada en un sujeto

En la contemporaneidad la filosofía ha relegado la comunidad al triste cálculo de defender los particularismos, por eso Nancy invita a comprender la comunidad en su forma más elemental y desnuda, como un puro y simple vivir juntos , pensándola como una cuestión de sentido y no de significación

El ser humano es un tránsito entre lo propio y lo extraño, lo íntimo y lo público, la pertenencia y la ajenidad, la otredad y lo extranjero

y no es sencillo de ubicar en una comunidad que, si bien es una tarea, nunca podrá ser una meta. La democracia existirá donde todos seamos lo mismo pero sin que estemos con los otros: otra manera de nombrar un consenso que no comparte ideologías. O sea, un singular – plural donde el ser es conjunto y a la vez no es conjunto, lo que permite interrogar la convivencia, una tarea que sostiene la democracia contra el mero individualismo. Es decir,

pensar una Tierra y un Hombre que sean nada más que eso, Tierra y Hombre

La alteridad democrática es la idea que salva su integral realización. Acceder al origen equivale exponerse a una verdad, su pluralidad indefinida por la coexistencia originaria. Pensar lo común es no perder de vista el carácter singular-plural de la existencia. El ser existe porque co-existe

Hasta ahora pecamos de ser una proliferación multiplicada, indefinida de sentidos saturados de significación y que remiten a un horizonte de apropiación. Pero el horizonte es una lejanía, el trazo azaroso de una ruptura

Lo político es un principio ontológico que opera como el fundamento de todo ente y acontece permanentemente, pues lo social está atravesado por grietas que requieren de lo político para poder ser reparadas, teniendo en cuenta las cicatrices para no olvidar los rastros. A los tradicionales principios de totalidad, universal esencial y fundamento, se le oponen las figuras del acontecimiento, la disrupción y la incertidumbre, dado que la democracia es un lugar vacío sin determinación positiva alguna, del que nadie debería apropiarse. Y esta imposibilidad es la que nombramos como democracia, siempre dispuesta y abierta a explorar los azares como momentos dislocadores disruptivos, percibir no tanto sus luces como sus sombras

Para encontrar “el” hombre y el sentido humano - que no es otro que el que se está por descubrir – habrá que deshacerse de todo conocimiento que se pretenda verdadero en relación con la naturaleza, la esencia o el destino del hombre, habrá que dejar de pensar la comunidad como punto de partida o finalidad y también y principalmente interrumpir una tarea que se niega a sí misma por su inoperancia y, entonces, diseñar los contornos de la proximidad a una sociedad. Es la condición de posibilidad para que la política emerja y construya un espacio social y dé forma a lo que conocemos como polis, o sea lo político que vive en ese no - lugar entre el fundar y el desfundar, y donde las condiciones de posibilidad son al mismo tiempo las de su imposibilidad

En la medida en que el momento institucional pueda resultar exitoso, se produce un olvido, una suerte de dejar de lado las huellas o sea, una omisión de su carácter siempre contingente ocasionando cierta sedimentación que nunca será completa y que deberá enfrentarse a la emergencia de otras alternativas posibles y antagónicas al orden instituido

Es a través de los antagonismos cuando el carácter contingente se revela reactivándose el momento de lo político y ocasionando un acontecimiento otro, la diferencia entre lo político y la política, otra forma de nombrar a la contingencia, un síntoma del fundamento ausente de la sociedad

Es el carácter político de la diferencia lo que nos explica el carácter ontológico y no al revés

Así, el encuentro con esa contingencia es el momento político por excelencia, el momento ontológico de dar forma a la sociedad, una sociedad que llega a ser, al mismo tiempo que deviene imposible como totalidad, la de ser plenamente realizada

La cuestión reside en cómo el encuentro con la contingencia se realiza y se justifica o se deniega

Lefort afirma que la política es un subsistema social particular, como una espera de actividades especializadas donde se ejerce la competencia de partidos y donde se forma y renueva la instancia general de poder que surge como función de aquello que no es político, ya que lo político designa los principios generativos de las distintas formas de sociedad que es la condición necesaria para que la política se manifieste

La sociedad nunca será plena pero lo histórico será la condición para que emerja lo trascendental, o sea la realización de la contingencia como necesaria

La alteridad democrática es la idea que salva su integral realización. Lo impolítico es ver la política desde desde su límite exterior. Es lo opuesto de la política como técnica u orden social, ya que cualquier intento de ordenamiento o sistematización de un problema no puede sino quedar abierto. El espacio de una comunidad es la brecha entre una interioridad que nunca puede ser plenamente cerrada por la presencia del afuera y éste nunca puede ser absoluto por la coexistencia de singularidades

No es tarea de la política restaurar un orden comunitario “perdido”. Según Nancy, la política es la falta de obra, porque lo social, lo técnico, lo económico, lo instituido solo será el reparto de la singularidad y eso revelará su apertura al exterior y su falta de fundamento. Opone comunidad a la organización social de partes. Habla del enfrentamiento como ley del ser – con. Nos invita a pensar la descomposición del mundo, del otro y la problemática de la comunidad yendo hacia un umbral donde ética y política se vuelvan indiscernibles

El carácter agonal de la política es la posibilidad de la relación de oposición, pugna y desafío

Toda comunidad cerrada solo defenderá lo propio, su identidad, su modo de vida, en suma , su condición de estar en el mundo

Jean-Luc Nancy desfonda lo político y camina hacia lo impolítico, ya que la comunidad no es un proyecto a realizar sino que es consustancial al ser mismo. Para este extrañado filósofo, la historia política occidental había incurrido en un olvido del ser - en - común . La comunidad es originaria del ser y productora de sentido y debe ser llevada al no – lugar en el que el sentido se vuelve común

Nancy afirmó que había llegado la hora de des - hacerse de todos los pretendidos horizontes insuperables de nuestro tiempo. Consideró la democracia como una fuerza reguladora, siempre perfectible, como un devenir infinito y decía que debemos ser capaces de pensar la “verdad inadecuada” de nuestro estar en común para no ceder al reflejo de vestir al estar – en - común con la presuposición de una esencia: debemos ir más allá

 

 

Setiembre 11 de 2024