desplegar menu

836 - La confesión de la escritura

Improvisada y titubeante, así debería ser la verdadera escritura, como seguir la ruta de lo que no somos, partir hacia lo que nos hace extraños.

Una travesía de ida en el aire libre del puro experimentar, del riesgo, del azar de presentir lo latente, lo naciente Un estar suspendido en medio del magma del universo reescribiendo absortos el eterno acertijo que nos constituye

Hay momentos ingrávidos,carentes de peso,donde uno flota entre susurros inaudibles en los que se adivina la inminencia de un algo inaudito, nuevo, extremadamente otro, como el fondo de una obsesión desconocida carente de palabras, de lenguaje, que se hace presente en una sucesión de falsos comienzos y argumentos inacabados, notas en sordina con un algo de melancolía, un ir y venir desasosegado por letras escurridizas tratando de atrapar lo evanescente, de ordenar las sombras

Uno puede fugarse sin retroceder, esconderse sin renunciar, al tiempo que atiende a las aberturas más inesperadas como si fueran una caja de resonancia que reverbera residuos de una casi lucidez, que dejan una estela al pasar, el avance de una extrañeza semejante a la evidencia de un umbral, de una mudez insensata, irreductible, que pareciera impedir el eco en la escritura, como una insistencia que atrae, provoca, exige y fuga

La vida, textualidad urdida como una escritura marcada por la ausencia, camino sin camino, fisura íntima entre un mundo en exceso y un exceso de mundo, procede según estrategias oblícuas y en direcciones aleatorias y pasa a través de escenas imaginarias que huyen del enunciado y que sin embargo son como el mismo trasfondo sobre el cual cobra algún sentido lo que pudiera decir, sonidos sin sentido previo pero sonidos previos a toda palabra de un lenguaje cifrado e imprevisible, una escritura en blanco, sin argumento, sin huella, una escritura de deseo, del más puro deseo de lenguaje

No son historias, o sí lo son, es la experiencia misma de un mundo - otro - aquí, de un itinerario irrepetible de lo que está afuera ilimitado e indecible. Es lo que se ignora lo que habla, el encuentro con lo imposible, las puertas inesperadas. Es entrever la distancia de lo no tocado por la palabra. Una desmesura que aguarda cada vez la dolorosa aventura de la enunciación

La escritura irrumpe sin aviso con una textura blanca desposeída de mundo, desciende de la impaciencia pero también de la paciencia, de la espera, de una imprecisa inquietud: el anuncio de una posibilidad, una ocasión para el sentido y el pensamiento que se recuestan en un imposible sosiego, en un abandonarse al secreto de un adentro vuelto infinitamente al exterior a través de la huella de una voz, la huella que dice lo indecible del lenguaje, que resuena, se desplaza, se reescribe y recomienza, pero siempre habrá una palabra que traicione lo indecible

 

Todo escritor penetra en un territorio que se vive como oquedad, donde lo que se va a decir no existe antes del acto de decir, donde el blanco es vértigo y la palabra esquiva. Vacila en los bordes de la locura - como un pensar que se expande más allá de las fronteras de la razón - , en la cuerda floja de un lenguaje estallado - donde el límite de la palabra se incendia en los bordes y la realidad se desfonda - .Vacila también en la errancia de la voz, en la presión de eso otro que disuelve, en la libertad como pasión impostergable

Un ojo despierto en la inmensidad del espacio y del tiempo. Un insomne eterno

Siempre habrá una palabra que traicione lo indecible, y es por esta traición como la escritura recobra su dignidad

 

Octubre 19 de 2025