Las sociedades actuales se revisten de la vulnerabilidad y la brutalidad de un sistema que va dejando tras de sí un territorio en ruinas, una situación precaria que erosiona la base común de la existencia y al mismo tiempo vuelve frágiles los lazos sociales. La incertidumbre y el caos se adueñaron de nuestra vida cotidiana, de nuestros cuerpos y espíritus. Estamos cada vez más desamparados colectiva e individualmente y la impotencia y el vértigo son la condición generalizada de una “vida” con un automatismo que gestiona nuestras “necesidades” y las “crea”: la mercantilización integral de la vida, la robotización a largo plazo, la capitalización de las menores manifestaciones de la vida, y en ese búnker de la captura de lo viviente se camufla todo el aparato de poder que se asegura el control social con esta experticia automática, asestando un golpe mortal a la singularidad
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